"This is the central scrutinizer... Joe has just worked himself into an imaginary frenzy during the fade-out of his imaginary song... He begins to feel depressed now. He knows the end is near. He has realized at last that imaginary guitar notes and imaginary vocals exist only in the imagination of the imaginer... And... Ultimately, who gives a fuck anyway... So... So... Excuse me... So... Who gives a fuck anyway? So he goes back to his ugly little room and quietly dreams his last imaginary guitar solo..."
FRANK ZAPPA
Como todas las mañanas, el despertador de Gerry (su celular) sonó por primera vez a las cinco dieciocho de la mañana; la segunda ocasión sonó a las cinco veinticuatro y, por ultimo, a las cinco y media. Hora en la que Gerry se despertó.
A Gerry le gustaba despertar de esa manera pues, al momento en el que sonaba su despertador, doce minutos antes de que iniciara su día, sabía que aun tendría dos lapsos de seis minutos para soñar, lo cual es, según leyó en un libro de Freud, más que suficiente para entrar a la etapa del sueño denominada MOR (Movimiento Ocular Rápido). Etapa favorita de Gerry (por obvias razones).
Inmediatamente después de levantarse, Gerry puso a calentar en la tetera dos tasas de agua sabiendo que el punto de ebullición de esa cantidad de agua en las hornillas de su casa dura diez minutos. Posteriormente, como en todas las mañanas, Gerry se metió a bañar. No fue sino hasta después de diez minutos en la regadera que la tetera, a través del chillido que emana de su boca, le anunció a Gerry que era momento de salir de la misma. Así era su rutina.
Gerry se puso su traje, desayunó un jugo de naranja, una avena con manzana y plátano y, para iniciar el día con energías, tomó su té verde. Se cepilló los dientes, se pasó la seda dental y, por ultimo hizo buches con su enjuague bucal. Finalmente, a las seis y media, Gerry estaba listo para salir rumbo a su Universidad, la Universidad Nacional Autónoma de México, y tratar de llegar a tiempo a su clase que iniciaba en punto de las siete horas.
En el trayecto Gerry recordó un sueño. Aquel sueño recurrente que lo había estado acechando por los últimos meses. Aquel sueño en el que moría y luego, como por arte de magia, resucitaba en su cama calientito y a salvo de la horrible levedad del ser producida por la muerte. Algunas veces despertaba justo antes de morir, otras cuando ya había muerto. Cada mañana, Gerry renacía.
Gerry siguió el camino que sigue todas las mañanas de manera automática y se percató de que ya estaba en el segundo piso del periférico, con dirección hacia el sur. Ya encaminado en su trayecto y en sus pensamientos, comenzó a percatarse del poco sentido que tenía su vida. De lo monótona y de lo banal que ésta había sido. Reflexionó acerca de cómo siempre había antepuesto los gustos y necesidades de los demás a los suyos. En como siempre había satisfecho a los demás y no a si mismo. En como había sido tan atento con los demás, preocupándose por sus vidas y por sus problemas dejando de lado los suyos. Por un momento se puso a pensar que igual y lo hacía para olvidarse de su vida y de sus problemas al tomar como propios vidas y problemas que no le correspondían. No obstante lo anterior, la ola de pensamientos lo volvió a atrapar y a asfixiar. Pensó en como había hecho y dejado de hacer ciertas cosas para complacer a los demás. Gerry se dio cuenta de que una vida así no sirve de nada. Se dio cuenta de que tenía que cambiar. Gerry se dio cuenta que había estado muerto por veintiún años. Aquello que la gente normal descubre a los quince, tal vez a los dieciséis años, a Gerry le había tomado veintiún años descubrirlo. A los veintiún años, se podría decir que Gerry renació. A los veintiún años, Gerry deja de permitir que los demás manejen su vida y se propone ser su único piloto, su propio capitán.
Al estar pensando en lo anterior Gerry tomó noción de que había perdido el sentido del camino y de la velocidad. Lo primero que observó, de reojo, fue su velocímetro. Gerry iba a ciento ochenta y cinco kilómetros por hora. Una velocidad absurdamente desproporcional y negligente para llevar en el segundo piso del Periférico. Una velocidad absurda para llevar una joven vida. Una vida a los veintiun años llena de excesos y de imprudencias, una vida completa pero vacía. Triste. “Conserve su carril y su distancia”, no fue hasta que dicho cartel le pegó de lleno en la cara a Gerry que éste recordó que su atención debía ir al volante y sus ojos en el camino. Gerry trató de frenar el auto pero el empapado piso (consecuencia de la abundante lluvia que cayó en la madrugada) le impedía frenar. No fue necesario el transcurso de mucho tiempo para que Gerry perdiera el control. Al igual que su vida, Gerry veía como el control de su auto se escapaba de sus manos. Dejó de ser conductor, dejó de ser el capitán, cedió el mando a alguien más, a una fuerza ajena. Una vez más. Al igual que su vida, el auto escapaba de su control y se manejaba por fuerzas ajenas a él.
Gerry se percato de que la salida a Avenida Universidad, la avenida que lo lleva a la UNAM estaba a no más de cincuenta metros de distancia. Le sería imposible tomarla a la velocidad que iba. Sin embargo, en un ultimo intento fútil de tomar una decisión consiente y propia en su vida, dio el volantazo tratando de tomar su salida. Tratando de escapar del peligro, tratando de librar la muerte y, a su vez, tratando de destruir su vida. Al escuchar el rechinar de las llantas, al divisar que el muro de contención cada vez se acercaba más, al sentir como su piel se ponía chinita y el escalofrío que brotaba de su espina dorsal recorriendo todo su cuerpo, Gerry se da cuenta de que esa única decisión que tomó, aquella por la que se aferró, fue un gran error. No hay más remedio, el sonido no es ya el del rechinido de las llantas sino el del golpe, lo que ve no es ya el muro de contención sino una nube negra que poco a poco se cierra, lo que siente no es ya un escalofrío sino la nada.
Su cerebro aún funciona. Cree que es un sueño. Unitilmente se intenta aferrar a su cuerpo. A su vida. Pretende regresar a su cama. Resucitar (como en sus sueños). Sin embargo, todos sus intentos son fallidos. Se ve a si mismo despertando en su cama, se siente húmeda, cree que es el sudor producido por tan terrible pesadilla, es la sangre que brota de su magullado cuerpo. Vuelve a intentarlo y, por segunda vez, se ve a si mismo en su cama, piensa que todo fue una pesadilla, se trata de estirar pero no lo logra, su destrozado cuerpo se lo impide. Así transcurre una eternidad hasta que, finalmente, se da cuenta de que es el fin. Gerry a muerto, fácil de decir pero difícil de aceptar.
Gerry murió a los veintiún años sin haber vivido en verdad, sin haber sentido la dicha de un éxito propio, sin saber lo que es que alguien se interesará por él, sin pena, sin gloria. Un veinteañero más que muere en un accidente de tráfico, uno más para las estadísticas, para los porcentajes, para que las compañías de seguro automotrices se nieguen a otorgar dichos seguros a los jóvenes. Gerry no supo como manejar su vida. Gerry no supo de quienes rodearse, no supo despues como alejarse de ellos. Gerry erró en las escasas decisiones que tomó. Gerry no supo conservar su carril, pero sobretodo... Sobretodo, no supo conservar su distancia.
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