Abriendo paulatinamente las ventanas de su automóvil color blanco que huye a ciento treinta y cinco kilómetros por hora de la urbe, Bronsky escucha como se van filtrando los murmullos del viento hasta que, una vez totalmente abiertas, siente las cálidas pero bruscas caricias del aire entre sus pelos. Mientras se desabotona la camisa y se afloja su corbata lila, Bronsky se mira a través del retrovisor sintiendo un gran orgullo de lo que estaba a punto de hacer. Escudriña su cara, manteniendo una mirada fija y seria con algunos rastros de nostalgia en sus ojos. Se quita la corbata y sosteniéndola con su mano izquierda que completamente saca por la ventana, observa como la corbata ondea arrogantemente en honor de lo que representa: la rutina, la rigidez, la disciplina, los horarios, el egoísmo, la vanidad, la envidia, el individualismo, el materialismo, la avaricia, la banalidad, y la insaciabilidad. Bronsky pisa el acelerador y mientras levanta su brazo, aprieta con traidora fuerza a la pedante corbata (fuerza que produce la suficiente seguridad en ella para ondear con mayor exageración y fervor en aras de sus principios), cierra los ojos, toma un respiro profundo y la suelta. La corbata se eleva más y más por los líquidos cielos, al igual que su ego, sin percatarse de que ya no existe un punto de presión que la sujete a la tierra, situación de la cual se entera hasta que, abrupta y violentamente, azota contra el suelo. En ese preciso momento a Bronsky se le dibuja una maliciosa, pero bien merecida, sonrisa en la cara. Y digo merecida porque, hasta ese fatídico instante para la corbata, Bronsky había vivido dos vidas: una real, regida por las leyes y principios de la corbata; y una ideal, en la que se autodeterminaba a sí mismo. Bronsky, por primera vez, rompía sus mascaras; Bronsky por primera vez hacía lo que quería y tiraba las cadenas, pero sobretodo, por primera vez, Bronsky gozaba de esa plena y verdadera libertad que tanto anhelaba.
Analizando su situación actual, se percató de que había llegado al inevitable final del camino; no obstante, sabía que era precisamente ahí, en esa frontera entre la carretera construida y el camino salvaje y por construir, donde comenzaba una vida totalmente nueva, desconocida y anhelada para él. Bronsky pensó en todo lo que había dejado y en cómo lo había dejado. Lejos de sentir remordimiento o nostalgia, se sintió a gusto en cómo terminó las cosas, pues, a su parecer, le dio a todos lo que se merecían. Entre conversaciones, reencuentros, cartas y llamadas, preparó y les hizo ver a sus seres queridos que estaba por emprender un viaje al cual no estaban invitados y que, entre más se aferraran a él, más necesitado de huir se encontraría. Sin embargo, la verdad es que nadie nunca supo cómo, cuándo, ni mucho menos por qué se fue. Recordó todo lo que hizo esa ultima semana: las cartas que dejó a sus padres explicándoles todo y pidiéndoles que no se preocuparan prometiendo que, tarde o temprano, regresaría; se reencontró y convivió con varios amigos; habló con Mauricio, uno de sus mejores amigos con quien se había peleado recientemente, se disculparon mutuamente por la actitud que asumieron y se reiteraron su amistad, lo invitó a comer a su restaurante favorito donde recordaron vivencias e hicieron planes a futuro, quedando de verse la próxima semana en el mismo lugar (con la diferencia de que esa vez Mauricio invitaría); en el trabajo procuró tener muchos pendiente y juró resolverlos para la próxima semana, semana en la cual desaparecería, claro esta, antes cobró su aguinaldo (el pensar en los inconvenientes que su ausencia ocasionaría le causaba un extraño placer); por ultimo, visitó a la maga quien se encontraba ocupada (cual su reciente costumbre), previéndolo, Bronsky le dejó una carta en la que le recordaba que había tratado en repetidas ocasiones de tenderle la mano (como consecuencia de una previa petición suya) tan solo para no recibir respuesta alguna, le explicó que eso lo estaba desgastando, haciendo una analogía entre su relación y la que un ahogado establecería con un salvavidas al que desquiciadamente le pide ayuda pero, lejos de dejarse ayudar, termina por ahogarlo… no obstante, le reiteró su incondicional amistad, amor y hombro para cuando lo necesitara.
Bronsky analizó su panorama, tenía un tanque lleno, un Guía Roji detallado de las carreteras de México, una cuchillo suizo con tecnología de punta y brújula adherida, un Lonely Planet de México, suficiente dinero para subsanar sus necesidades básicas y cubrir los inconvenientes que se presentaran en el camino, una mochila de viajero repleta de libros (de Auster a Zweig pasando por Conrad, Emerson, Sócrates y Tolstoi), una tienda de campaña, una lámpara de 850 watts de potencia, su harmónica, un itinerario de lugares por conocer, y, sobre todo, la libertad para decidir qué y cómo hacer, así como cuándo y a dónde ir. Sin nada que lo atara, nadie que lo obligara ni exigiera; Bronsky se encontraba solo con su mejor e incondicional nuevo amigo y con tiempo de sobra para conocerlo.
Mientras se pone el sol en el horizonte Bronsky se orilla y se acuesta a tomar

los últimos rayos de luz y de calor en el cofre de su auto, saca su diario y comienza a escribir un recuerdo que torpemente pretende acordarse del antiguo Bronsky, de su sufrimiento y de las cadenas y obligaciones sociales que poco a poco lo fueron enclaustrando y orillando a tomar esa decisión: del papel de hijo que tenía que desempeñar, el papel de hermano, de alumno, de novio, de amigo, de estudiante, de empleado, en fin, un sin numero de etiquetas impuestas por un circulo social que, lejos de dejarlo ser, anhelaba y exigía una respuesta socialmente predefinida de él. Regresa a su auto, pone un disco de Led Zeppelin, se prende un toque y reanuda su viaje no sin antes sacar la cabeza por la venta y gritar a todo pulmón un grito incomprensible pero que, sin duda, representa la antítesis de la recien difunta corbata… hermosa libertad.

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